sábado, septiembre 05, 2009

El embarcadero



Cuando su madre se enterara de que se había mojado por estar jugando en el lago, seguro que le pegaría con su vara de madera. Le había dicho que no se manchara el carísimo vestido nuevo que debía llevar esa noche. Le apretaba en la cintura, pesaba como una tonelada y era tan ajustado que casi no le dejaba respirar. Pero ella había insistido en ponérselo porque con él se sentía toda una princesa. Le gustaba pasearse por el embarcadero y que los habitantes de la aldea susuraran “ahí va la hija del duque, parece un ángel”. Se sentía admirada y envidiada, una ilusión que sólo se mantenía alejada de las puertas de su castillo.

Porque, en realidad, su vida era un infierno. Su padre, que toda su vida había gobernado sus tierras con justicia, no regía bien desde que, hará unos años, algún vasallo resentido vertiera un veneno en su copa que le dejó sumido en un estado de ausencia absoluta. Estaba sin estar, como un mero espantapájaros al que visten, lavan, y alimentan para que cumpla su función de alejar a los buitres del campo de maíz. Su madre, de apellido noble pero de familia de arcas vacías, anhelaba controlar la fortuna de su padre, una de las más poderosas de todo el reino. Pero el destino había querido que fuera poco fecunda, y ella, al ser la única hija lejítima, estaba destinada a ser objeto de toda serie de intrigas para forjar alianzas a base de matrimonios de conveniencia. Ni siquiera tenía hermanos a quien contarles sus penas.

Por eso le gustaba pasear por el embarcadero, porque el murmullo del agua y el reflejo del sol hacía que todo lo demás pareciera irreal y anecdótico. Allí solía ir a leer, a pasear o simplemente a relajarse, dejando que el agua fresca bañara sus pies.

A veces coincidía con algún niño del pueblo y, pese a la diferencia de estatus, ella hacía todo lo posible por entablar amistad y sentirse menos sola. Generalmente ellos sabían que, por respeto, no debían hablarle a la hija del duque, así que muchos la miraban de lejos sin atreverse a dirigirle la palabra. De vez en cuando, cuando alguien osaba acercarse, ella sentía que tenía un amigo, por lo menos durante unas horas. Sin embargo, no volvía a verlos nunca.

Pero últimamente no venía mucha gente por allí. Un rumor de que el embarcadero estaba maldito se había extendido por todo el pueblo y muchos preferían ir a disfrutar de sus ratos de ocio a otra parte. Esos son tonterías, pensaba ella, supersticiones de campesinos incultos que no tienen otra cosa que hacer que asustar a sus hijos con historias absurdas para obligarles a trabajar más. Y es que si hubiera habido espíritus en el embarcadero, ella lo sabría, porque se pasaba allí horas enteras disfrutando de la quietud del agua y del frescor de la brisa.

Oigo pasos, parece que alguien se acerca. Igual hoy encontraré a alguien para jugar.

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Aquí tenéis el producto de una sobredosis de chocolate xD

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