martes, noviembre 05, 2013

envejecer juntos



No sé si es la luna, o la regla, o las dos cosas, pero el caso es que llevo un día muy inspirado hoy. Estoy pensando ideas para un nuevo dibujo y un diálogo gracioso. Además, estoy más tierna que un algodón de azúcar.

Y, como en todos estos casos en los que me pongo a hurgar dentro de mi alma, me siento inspirada para escribir una entrada con sentimiento, de esas que pocas veces escribo.

Hoy estaba pensando que sería muy bonito tener a alguien para envejecer a su lado. Darnos cuenta cuando cumplamos cincuenta de esa arruga nueva que le asoma por la frente, o de ese lunar que le ha salido nuevo en el brazo. Sería precioso levantarse una mañana a los sesenta, mirarnos al espejo y reirnos con humor de nuestras patas de gallo, y amarlas, y ver que ellas son las que nos dan sabiduría y consciencia de las cosas. Que, gracias a ellas, ahora somos lo que somos, sin juicios y sin culpa.  Mirarnos a los ojos, vernos veinte años más tarde, y poder ser sinceros y seguir sintiendo que nos amamos, sin palabras. Y a la vez, sentirnos tan jóvenes como si estuviéramos de nuevo en plena primavera.

Pasados los setenta, podríamos también dejarnos crecer la barriga juntos y encorvarnos poco a poco a la vez, cada día mas achacosos, en un gesto amoroso por conservar siempre las mismas proporciones. Comprarnos una cachava y salir a pasear al parque con nuestro paso lento, en esa complicidad de los que no tienen ninguna prisa por llegar a ningún lado.

Cuando seamos viejos reviejos, bien entrados en los noventa, nos dejaríamos llevar por el alzheimer repitiendo conversaciones hasta la saciedad, con la ilusión de la primera vez. Y cuando ya no nos quede nada por vivir,  quedaríamos un día para dejar este mundo, juntos.

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